
No tengo ningún argumento convincente para justificar la derrota del domingo. He manejado varios, conste. He barajado desde lo injusto que me parece que un equipo tenga más días de descanso hasta la alineación de un renqueante Agüero. Pero no, no hay escusa posible. El domingo nos pasó un equipazo por encima. El domingo jugamos contra un equipo que no nos dejó ni oler la pelota. El domingo jugamos contra un equipo que presionó de una manera brutal nuestra salida de balón (de eso nunca hablan los sabios, curioso). El domingo, en definitiva, nos arrasó una selección campeona en el último Mundial reforzada por Dani Alves (el mejor lateral derecho del mundo y el tío más gilipollas, con perdón, de la Galaxia), un tal Maxwell ¿Smart? y por Leo Messi (el mejor jugador del Sistema Solar y el tío más amargo del mismo).
Ante un equipo así es casi imposible plantar cara (de ganar ni hablamos). En los dos últimos años les habíamos ganado en Casa. No lo ha hecho nadie. Pero este año Guardiola vino a por el único título que le faltaba en su currículum: la victoria liguera en el Estadio Vicente Calderón. Y para un personaje tan pagado de sí mismo no es mal título, por cierto.
Guardiola, ex-jugador y entrenador que siempre me ha caído francamente mal (me ha parecido exageradamente “tontito”), nos planteó un partido de chapeau. Todos teníamos claro que había que parar a Xavi y evitar los balones a la espalda de nuestros laterales. Lo que ninguno contábamos era con la posición en el terreno de juego de Busquets. Magistral. El agujero que creó en nuestro medio campo fue tremendo. Busquets sacaba el esférico como si de fútbol sala se tratara. Agüero no podía presionarle y Forlán no estaba. Nuestros esforzados Raúl García y Assunçao fueron literalmente masacrados por Busquets, Xavi e Iniesta. Cuando llegaba alguno a taparles abrían a banda, a la dichosa espalda de nuestros defensas, donde entraban totalmente desmarcados Messi, Pedro, Dani Alves, Villa o Maxwell. Nuestros laterales fueron superados al estar siempre en inferioridad. Reyes y Simão no pudieron ayudar mucho ya que se veían más útiles intentando taponar el socavón de 50 metros cuadrados que teníamos por el centro. En todas las parcelas del campo los barcelonistas estuvieron en superioridad. ¿Cómo contrarrestar esto? Ni puñetera idea, la verdad. Enhorabuena, Guardiola.
Los nuestros bastante hicieron con capear lo que se les vino encima. ¿Se debió haber mejorado la actitud, como dicen unos? El juego culé hizo, quizá, que pareciéramos un equipo entregado. No creo que fuera problema de actitud.
De aptitud ni siquiera vamos a hablar.
Nos ganaron simple y llanamente porque son mejores.
A esperar ahora que el equipo sepa asumirlo y continúe ilusionándonos como lo ha hecho durante los últimos cinco meses. Yo creo. Yo quiero creer. Yo prefiero creer
Como este semiblog es optimista por principios, vamos a centrarnos en lo que realmente nos interesa: lo positivo.
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El Portero del Atlético.
Similar al socavón del que hablábamos era el que quedó en nuestro corazón tras la marcha de Fernando Torres. Cuando un jugador es joven y ha salido de la cantera sentimos inmediata devoción por él. Si llega a cuajar, consideramos impensable su marcha. Si ésta llega a producirse la consideramos irreparable. Hasta que viene el siguiente, claro. De una tacada nos hemos encontrado con dos chavales, Álvaro y David, David y Álvaro, que deben darnos infinidad de alegrías con el Atlético (dos títulos, de momento) y con la Selección.
David de Gea despuntó de bien pequeño. Hace cinco años que ya venía sonando como futuro portero del Atlético. La primera vez que tuve ocasión de verle fue en el equipo cadete hace 4/5 años. Esa temporada terminaríamos ganando la liga con el gran Javier García Márquez (hoy en el Internacional de Madrid) al mando. Me sorprendió su envergadura, la verdad; porque además de hablar de un tipo alto, estamos ante un par de brazos interminables. El chaval completaría tres siguientes temporadas magníficas tanto en nuestra cantera como en la selección. Hace dos años tuvimos dudas tras una temporada bastante oscura en el Madrileño. El año pasado entra definitivamente en el primer equipo y se hace, accidentalmente, con la titularidad. Hasta hoy.
Lo primero que notamos fue la tranquilidad con la que jugaba. Bien es cierto que veníamos de un Asenjo muy nervioso, pero lo de David era asombroso. “¡Qué tablas tiene el chaval!”, comentaba la Grada. Con partidos, con errores (que alguno ha tenido), con derrotas y con victorias fue curtiéndose. Cogió un equipo desahuciado y, lo qué son las cosas, dos títulos, una final, muy buenos partidos, alguno peor, y la confirmación de que tenemos portero en el Atlético, si Dios quiere, para muchos años.
El partido que cuajó ante el Barcelona fue extraordinario. Salvó cinco goles cantados con cinco paradas de escándalo. Fue maravilloso verle volando a una escuadra, a la otra. Un balón a la base del poste que lo saca al córner. Dos unos contra uno en los que tapa perfectamente al delantero. Dos remates a bocajarro, en fuera de juego, que saca milagrosamente. Etc., etc., etc.
Siempre me han caído especialmente bien los porteros. Quizá por haber ejercido durante bastantes años. En mis tiempos de árbitro solía, incluso, animarles tras una buena parada (“¡enorme, portero; enorme!”). Los jugadores al principio se asombraban, pero luego lo entendieron. Y es que el portero siempre ha sido el jugador más querido el equipo.
Recuerdo que desde crío he sido seguidor incondicional del portero del Atlético. De casi todos he sacado algo. A casi todos he justificado (desde el barbudo Pereira hasta el larguirucho Elduayen; desde el elegantísimo Aguinaga hasta el desgraciadísimo Asenjo; desde el pintoresco Burgos hasta el palomitero Aragoneses). Las excepciones fueron Toni Jiménez y Esteban: eran muy malos y me resultaban patéticos.
De cuando empecé a viajar con mi padre siguiendo al equipo, recuerdo un partido en Zaragoza. Debutó (creo) Ángel Mejías. El partido lo palmamos (2-0) con goles de Amarilla (un delantero paraguayo que me encantaba). Pero el partido que se marcó nuestro cancerbero fue memorable. A pesar de la derrota, salimos contentos porque parecía que tendríamos portero. Pero ….
Luego vendrían los Fillol, Abel, Diego, Molina, Rico, Claudio, Svenson, Hombrados, …. Perdonen pero se me ha ido la pinza.
Vamos que tenemos Portero. Pero no sólo eso, además tenemos un Símbolo, una Referencia en la que se miren nuestros chavales. Y eso es de agradecer.
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El Día de Partido Grande.
De las cosas más bonitas que uno ha tenido la suerte de conocer está el día de Fútbol (con mayúsculas).
Desde hace unos años vivo en el populoso barrio de Legazpi. Legazpi es uno de los siete barrios que tienen el honor de conformar el Distrito de Arganzuela. En éste está ubicado el Estadio Vicente Calderón. Tras toda una vida en Pueblo Nuevo, ahora vivo en el distrito del que es alma el Atlético de Madrid.
De un tiempo a esta parte subo andando al Estadio Vicente Calderón. En días como el domingo es una auténtica gozada.
Desde la Plaza de Legazpi cogemos el Paseo de la Chopera. Bastante gente opta por coger el 18 de la EMT. Uno, visto el refuerzo que hace de la línea en días de partido nuestro queridísimo Consorcio de Transporte, tiene decidido subir andando pues llegará bastante antes. Los más deciden caminar.
Atravesamos al poco la Plaza del General Maroto, donde nos encontramos con la sede de la Peña Atlética Legazpi. Como nos la encontramos cerrada seguimos andando.
Cuando cruzamos el Puente de Praga cambia de nombre el Paseo: ahora será el de las Yeserías. Para celebrarlo, parada obligada en el Coppola para tomar un cafelito con hielo y cruzar las primeras palabras con algún querido desconocido sobre el partido.
Seguimos andando. Según se va subiendo, se puede ver, ahora a la izquierda, el paisaje lunar en que ha convertido nuestro estimadísimo Alberto I “el Gallardón” el otrora magnífico Parque de la Arganzuela. Así llevamos cuatro años. Afortunadamente al año que viene habrá elecciones y Su Ilustrísima tendrá a bien adecentarnos la zona en breve.
Tras la última pendiente, bastante dura, entramos en la Glorieta de Pirámides. Aquí el personamoto es terrible. Cruzar el Paseo de las Acacias es relativamente sencillo. Hacerlo en la calle Toledo es imposible. El que reguló los semáforos en su día, debía pensar que todos los habitantes de la zona y aficionados atléticos eran deportistas de élite. Eso o que no tenía muy claro lo de atléticos. Y desde que uno empezó a ir al fútbol (hace 33 años) sigue exactamente igual. La gente que no es tonta, que lo ve como una tomadura de pelo, no hace caso ni de semáforos ni de las indicaciones de los policías municipales (la Policía Municipal es esa cosa que se pone a dirigir el tráfico y consigue, a veces incomprensiblemente, colapsarlo). Sólo queda cruzar el Paseo Imperial para llegar a nuestro querido Paseo de los Melancólicos.
Ya en Melancólicos cada uno se dispersará hasta su punto de reunión.
Es alucinante la cantidad de niños que vienen al Estadio Vicente Calderón. Quien haya viajado con el equipo podrá comprobar que no pasa en ningún otro lado. ¡Y qué pulmones tienen los chavales para atronar la calle con esas trompetas!
El momento pre-partido es lo más emocionante de una tarde/noche futbolera. El reencuentro de viejos amigos tras ½-1-2 semanas de ausencia es emocionante. Tras interesarse por las respectivas familias, se pasa al grano: una cerveza y las previsiones futbolísticas para la tarde.
Para el que llega con duda, es de gran ayuda el reencuentro. Las dudas se disipan enseguida; como mucho al tercer botellín.
Como siempre, se nos hará tarde. Prisas de última hora. Mucha cola para entrar. Otro botellín. El torno. Las galerías del Estadio. Luz al final del vomitorio.
Y, por fin, el fútbol. El Atlético. Nuestro Campo, Nuestra Gente.
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La crónica de hoy va dedicada a la memoria de todos nuestros familiares y amigos que perdieron la batalla contra el maldito cáncer y a todos aquellos que luchan por vencerlo. ¡Aguante “Profe”!
Se les quiere.
¡FORZA ATLETI!