Atlético por la Gracia de Dios.

Quiero dedicar este blog a mi hermana pequeña Pilar, que está en el Tercer Anfiteatro del Calderón compartiendo grada con muchos de los nuestros. Va por ella. Va por ellos.
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viernes, 25 de noviembre de 2022

Don Lázaro de Atleti


Se nos acaba de ir, en mi modesta opinión, El Mejor. Último Atlético de aquel Atlético de Madrid, todavía romántico, del que nos enamoramos la gente de mi quinta y anterior. En un fútbol moderno tan carente de valores y pasión, don Lázaro mantuvo siempre la llama que nos enganchó.

Los Atléticos (todos) acabamos de quedar huérfanos de la Persona que más y mejor nos ha representado por todos los rincones del mundo. Descanse en Paz, don Lázaro.

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No fui socio del Atlético de Madrid hasta los diez años.

Tras dos años muy delicados (una operación en la mano derecha, una complicada y tediosa hepatitis y la extirpación de gran parte del riñón izquierdo), en los que pasé un montón de tiempo en el Hospital San Camilo, el siete de julio de 1977 me convertí en socio del Club, con el número 54811. Fue mi Padre, tras darme el Doctor Calero el alta definitiva, el que me preguntó cuál quería que fuese mi regalo. Y eso fue lo que le pedí, quizá un poco como contrapartida al final de mi carrera futbolística profesional.

Mi Padre vio con muy buenos ojos la idea y ambos nos abonamos, en la Tribuna Superior Baja, a la altura de las cámaras de TVE. Nunca tendré claro si fue el convencimiento atlético o el ir al fútbol con sus Amigos por lo que mi Padre se abonó también. Bueno, creo que pesó más lo segundo, sus Amigos. En la Cruz Blanca de Goya, que era donde hacían la previa y el post-partido, había una cuadrilla de Atléticos fetén: don Fernando Almarza, don Javier Merino, don Ángel Limón, don Emilio Tovar y don Lázaro Albarracín. Salvo mi Padre (que Dios me lo guarde muchos años), hoy todos ellos descansan en paz. De aquella cuadrilla aprendí todo lo que soy hoy. Del Atlético y de la vida. Cada momento con Ellos fue un día en la escuela.

El día de partido en el Calderón era fiesta en mi casa. Se comía a mediodía, para estar a las 14:00 en la Cruz Blanca. Tras los dobles de rigor (agua para mí) salíamos hacia el Estadio. Aparcábamos en sitios por lo que hoy se nos ejecutaría. Tras el partido, más dobles (una Coca-Cola para mí, con plato de bocas y cucurucho de patatas). A las 20:30 comprábamos la cena para toda la Familia en el Burger King de Francisco Silvela con Conde Peñalver y rumbo a casa para cenar y ver Estudio Estadio. Lo dicho: una fiesta.

Con el tiempo, en alguna ocasión nos apuntaba mi Padre a algún viaje. Don Lázaro, don Emilio, Don Ángel, Don Gabino y Don Pedro conformaban un quinteto que se desplazaba a cada localidad que visitaba el Atlético. Al partido siguiente en el Calderón, o en la Cruz Blanca, yo escuchaba extasiado los comentarios sobre cada partido/viaje.

La mejor temporada de viajes, en cantidad, fue la 1982/83. Y digo en cantidad, porque en calidad fue un desastre; ya que el Atlético perdió en todos los campos donde le acompañé. Y fueron unos cuantos: Cuernódromo, San Mamés (4-1), La Romareda, Atocha, El Sardinero (4-0) y Luis Casanova. Ya había cierto runrún, no es coña, hacia mi persona sobre si era un poco gafe (o un gafe de cojones, con perdón). A los jugadores, a lo mejor exagero, les cambiaba la cara cuando me veían por el hotel. En el hotel Rhin de Santander tuvo que meterme en un ascensor Clemente Villaverde ya que no quería juntarme con los futbolistas por si acaso. Mientras, Hugo Sánchez hacía como que temblaba.

Don Lázaro, como le recuerdo en aquellos tiempos, era un Atlético racial. La persona que más disfrutaba en los triunfos (Yo ya he cenado, decía) y la que más sufría en las derrotas. Le recuerdo volviendo de Bilbao, en su Mercedes, en los que apenas cruzamos palabra los cuatro que le acompañábamos. Menos de cuatro horas tardamos a Madrid. Obviamente, sin paradas, que no estaba el horno para bollos.

Hasta los dieciséis años estuve creciendo y admirando a estas leyendas. Después comencé a volar y cada vez les veía menos; siempre, eso sí, desde la misma admiración y respeto.

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Don Lázaro se convirtió con el tiempo en directivo del Club, llegando a ser Vicepresidente. No exagero si digo que es la persona que más kilómetros ha hecho siguiendo al Atlético y estando presente en cualquier acto donde se le ha requerido. Un ejemplo de compromiso y lealtad. En unos años donde se iban perdiendo las formas y los valores, don Lázaro siempre nos sirvió de ejemplo.

Hubo años donde sólo nos veíamos en los desplazamientos. Siempre, absolutamente siempre, fue el tipo amable con el que me había criado. Y ojo, que en aquellos momentos hablamos del Vicepresidente del Atlético de Madrid y de un Frentista anónimo. Y hubo algún momento complicado, recuerdo un mal viaje a Santander lleno de problemas, donde siempre se puso a disposición de su gente. El cariño hay que ganárselo y don Lázaro se lo ganó por goleada. En muchos momentos, fue la única persona del Club de la que podíamos sentirnos orgullosos.

He tenido la inmensa suerte de coincidir en muchos actos con él. En uno de ellos conoció a mis Hijos, los Dalton, y yo creo que hasta se emocionó viéndoles ahí tan pequeños y tan Atléticos. Últimamente cada vez participaba menos, su salud ya empezaba a flojear, y cuando participaba era para dar un último adiós (Arteche, San Román, Ángel Limón). Entre medias le recuerdo en un acto de la Unión de Peñas, en una distinción hacia su persona. Siempre al pie del cañón.

Últimamente le felicitaba a través de la simpar Margui Albarracín (todo el ánimo del mundo para ti y los tuyos; especialmente, para doña Margarita), pero ya no le veía. Y lo que son las cosas, en el Aniversario de la Peña Gamonal de este fin de semana pasado, al que la Peña Rock & Roll tuvo el honor de ser invitada, comenté con varios amigos la idea de contar con Él para nuestro próximo aniversario. Tarde y mal, don Lázaro, discúlpeme. Casi vecinos y no caí en hacerlo hasta el sábado. Ya no podrá ser.

Muchas gracias por todo, don Lázaro Albarracín. La deuda que nos queda para con usted es inmensa.

 

FORZA ATLETI SIEMPRE

lunes, 28 de enero de 2019

Adiós, Don Fernando.





Voy a retomar este casiblog, que tan abandonado tengo, para honrar a una Leyenda Atlética que acaba de fallecer. Y no voy a homenajear a un futbolista, voy a homenajear a un Aficionado (o al menos voy a intentarlo): don Fernando Martínez.

Pasados los siempre recordados años de juventud, en los que hacíamos héroes a nuestros peloteros (o al grupo que nos gustaba, o a aquella chica tan mona, o ...), llega un punto en la vida en que convertimos a los Amigos en nuestros Héroes, espejo de lo que somos y de lo que queremos ser. Hace unos años llegó a nuestra sede un Señor mayor con el ánimo de desplazarse al Metropolitano con nuestra Peña (la Peña Atlética Rock and Roll). Con cerca de 90 años, supusimos que una y no más, porque ni de lejos éramos los más cercanos a su domicilio. Pero hete aquí, que al siguiente partido repitió. Y al siguiente. Y, así, sucesivamente hasta la pasada vuelta de Copa contra el Girona. En cerca de 40 partidos en el Metropolitano, apenas ha faltado a un par de ellos. Ya hiciera frío o calor, allí estaba siempre con su perenne sonrisa, Ducados en la boca.

Su conversación siempre mostró a un Atlético de pro, Hombre de bien (de los que se visten por los pies), castizo, guasón, con una aureola de humilde ¿guerrero?, orgulloso de su vida, de su Señora, de sus Hijos y, por supuesto, de su Atlético de Madrid, de su Atleti.

Uno de los momentos más entrañables, y dejó unos cuantos, fue el famoso viaje del año pasado, a la final de Lyon. Ni corto ni perezoso, comentó que le apuntáramos, que Él iba fijo. A sus cerca de 90 años. Con dos cojones, con perdón, el Tío estaba dispuesto a pasarse casi 40 horas en un autobús, con sus Amigos, para ver al Atlético de Madrid. Sus Hijos, no sé cómo, lograron convencerle para que viajara en avión, pero no debió resultarles fácil. Porque echao p’alante era un rato.

¿Qué coño vería en una humilde Peña del Sur de Madrid para honrarnos con su presencia? Nunca llegué a entenderlo del todo bien, pero se convirtió en fiel del autobús y de los actos que llevamos a cabo durante este tiempo, que ahora se antoja inmensamente corto. Fue tanto el espacio que llenó, que el vacío que deja es irremplazable. Es lo que pasa con nuestros Héroes.

Con un Señor mayor, socio número 10 del Atlético de Madrid en este caso, sólo nos queda escuchar e intentar aprender. No pude llegar a conocerle como me hubiera gustado, pero cada partido fue una lección de vida y de aprendizaje. Y con eso nos quedaremos.

Para terminar, si me lo permiten, un consejo: no lean esto con pena, léanlo con (sana) envidia. Ojalá Dios/el Destino nos permita vivir tanto tiempo, tan apasionadamente, rodeados de Familia, Amigos y Atleti. Será que algo habremos hecho bien.

GRACIAS, DON FERNANDO.